Exorcismo ochentero

Aunque es un tema relativamente manido en el cine, en la literatura no hay tantos casos como pueda parecer. Es por eso que, quitando el gran clásico El exorcista (William Peter Blatty, 1971), así como su continuación, es una buena noticia un título como este. Tiene tiempo esta novela, El hijo de la noche infinita, de John Farris, escrita en 1984, pero no lo habíamos leído hasta ahora.

El autor de la novela es John Farris, estadounidense especializado en el género del terror, pero también guionista de sus propias adaptaciones, como La furia (The Fury, Brian de Palma, 1978), y que posee una larguísima carrera, ahora ya más con cuentagotas (normal, nació en 1936) y que fue galardonado con el Premio Bram Stoker a su carrera en 2001, entre otras distinciones.

¿Y de qué va esta novela? En Vermont, en unas inofensivas vacaciones, Richard Devon se obsesiona con el destino de una niña llamada Polly, a quien conoció años atrás, y que ahora le ha enviado, en lo que parece una broma, una cinta pidiéndole ayuda porque dice que la han secuestrado. Llevándole a un callejón sin salida cuando su novia se lo recrimina y él toma la justicia por su mano… No vamos a adelantar nada más, pero como podréis imaginar los espíritus malignos, las posesiones y el terror relacionado con sectas, ritos, etc., están presentes en el argumento de la novela y su desarrollo, con algunas situaciones muy inquietantes y planeadas.

Como punto positivo es la magnífica ambientación, control de los personajes y el hacer pasar por creíble una historia absurda y sobrenatural, algo que siempre es un mérito en el género de terror. Sus descripciones, precisas cuando se hacen necesarias, nos hacen vivir una lectura de mucho suspense con facilidad narrativa. Es un gran éxito por su parte y se aprecia el oficio que hay detrás. Su larga trayectoria en el género no es baladí y escribir una novela como esta no es fácil, cualquiera que lo haya intentando en su vida lo sabrá.

Como punto negativo tiene el mismo que la mayoría de best-sellers americanos desde hace ya tiempo: su excesivo número de páginas. Como le ocurre a King y a otros, el cobro por páginas (y la comisión de venta) hace que se piense que cuantas más páginas, mejor. Por tanto, y como pasa en algunas novelas del ya nombrado Stephen King, la reiteración, el giro sobre giro y la vuelta sobre lo mismo llega a ser un problema, dispersándose el punto de suspense y terror por añadidos que alargan sin venir a cuento. Al menos, en nuestra modesta opinión. Pero que nadie se confunda, pues es una novela amena sin lugar a dudas.

La recomendamos pues para todos aquellos que quieran acercarse al terror ochentero en modo novela, aunque es cierto que es difícil de conseguir. No obstante, te entretendrá sin lugar a dudas, pasando del suspense al terror evidente y del terror evidente al género de posesiones y del género de posesiones al género de juicios.

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