Color, humor y diversión

Hemos dicho en nuestras anteriores entradas videojueguiles que hay juegos imprescindibles que hay que jugar en todas las consolas Nintendo. No creemos que este juego lo sea, pero nosotros, que lo conocimos superficialmente en Nintendo 64 y, sobre todo, con el juegazo que fue su versión Gamecube, sí lo metemos en el saco de los que hay que jugar sí o sí: la saga Paper Mario, en este caso con el subtítulo Paper Mario: Color Splash.

Pues eso. No hay muchos juegos de la saga, apenas un “quinteto” (si contamos la versión Swtich de este juego como el mismo), tampoco son muy difíciles, pero son todos geniales, por lo original, divertido, fresco, diferente (Mario pasa de plataformas a Rol) y la sensación de que es un personaje que da igual dónde lo coloques, que siempre encaja.

En esta ocasión, Mario y Peach reciben una carta extraña en el que un Toad aparece “descolorido”. Viajan hasta el lugar desde donde se envió la carta y… ¡alguien está robando el color en el mundo! Deberán detener a esos gamberros y poner el mundo de nuevo colorido. Este argumento, que incluso recuerda al proceder en Kirby y el Pincel Arcoíris, que parece infantil, esconde un humor socarrón, un proceder sencillo que esconde unas ganas de agradar a todos y, ante todo, unas grandes ganas de seguir avanzando.

Los diálogos son buenísimos (no hay voces), con frases de los enemigos del tipo “voy a vengar a toda mi familia” o “me gusta el color de tu gorra”. Todo tiene ese tono desenfadado, como cuando le dicen a Mario (que no comenta nada en todo el juego) “no hace falta que digas nada”, etc.

La jugabilidad es también sencilla pero típica de los juegos de Rol de esos de antaño de ir a los sitios, comprar, jugar y darte cuenta de que todo va complicándose y de que las posibilidades se agrandan. Y encima guardando las esencias Mario: plataformas, saltos, enemigos, mapamundi, monedas, búsqueda de estrellas, secretos… Mario en esta saga siempre ha ido con martillo, ya que en los combates, que provocan que la pantalla se parta, siempre había que estar atento, y aquí también: pulsar el botón correspondiente para hacer más daño, estar despierto para no fallar, para defenderte, etc. Sin embargo, era, digamos, Rol, o acción, como deseemos llamarlo, mientras que aquí es más un juego de cartas. Esto no es nuevo (pensemos en el genial Baten Kaitos de Gamecube, por poner un ejemplo que nos viene a la mente así a bote pronto), pero sí que es original el maná, llamémoslo así, de las cartas. Y con uso, por fin, de la pantalla del mando de la WiiU.

Efectivamente, el susodicho mando, ese mando que es una mezcla entre genialidad y engendro, da lo mejor de sí. Cuando entremos en un combate, la acción pasa a la pantalla del mando. Allí tendremos nuestra baraja y elegimos la carta que usaremos. Luego de elegirla debemos mantener el dedo pulsado para pintarla hasta donde queramos (un poquito, mucho, todo, etc.,), ya que todas las cartas son en blanco y negro. El nivel de coloreado, que gasta pintura (como si fuera maná), determina el nivel de daño (principalmente las veces que podemos repetir un ataque). Las hay de lanzamiento de fuego, hielo, martillazos, saltos, invocaciones a lo Final Fantasy… Luego de elegirla la “lanzamos” a la tele y, ahora sí, pasamos a la tele. Una vez que Mario ataque debemos estar atentos para pulsar A para hacer más daño.

Pero no solo en la pantalla de lucha usamos el martillo. En ciertos momentos, en el escenario, habrá elementos ocultos. Si pulsamos Y pasamos, otra vez, a la pantalla del mando. Y ahora, pasando el dedo, “recortamos” la pieza y descubrimos un nuevo camino o un secreto o saltar obstáculos que, a priori, parecían imposibles.

También podremos, cómo no, revisitar mundo, algo típico del mundo Mario de siempre, y una cosa muy curiosa es que exista un torneo de piedra, papel y tijera que recuerda, obviamente, a los míticos enfrentamientos en Alex Kidd in Miracle World.

Eso sí, el juego es fácil, con pocos retos, más complicado conforme vayamos avanzando o nos enfrentemos a los jefes finales, pero lo compensa con mucha exploración y una duración más que decente (unas 15 horas). Bueno, sí, y la diversión que ofrece.

¿Hemos dicho que su duración es más que decente? Pues lo mismo podemos decir de sus gráficos y sonido. Y es que el juego, con un lanzamiento ya muy cercano al 2017, demuestra aquí el potencial de la máquina de Nintendo. Para empezar, está pleno de colorido, y sus gráficos en forma de recortes, jugueteando con la pantalla, es una genialidad muy divertida (recuerda al juego de culto, y uno de los mejores de la historia, Puppeteer). La definición, la robustez en pantalla, el colorido, lo real que queda el papel, los objetos, digamos reales, etc., son dignos de destacar, de verdad que sí y aunque os parezca que un juego de este corte no puede ser tan bueno (y en la pantalla del mando todavía, en pequeño, se ve mejor).

El sonido carece de voces, como siempre, pero la cantidad de efectos especiales, los ruiditos típicos de la saga y las melodías, que acabarás tarareando, lo compensan.

En definitiva, un juego ameno, entrañable, muy divertido (tanto en los diálogos como en lo jugable), que se muestra, como en otras ocasiones, como uno de los mejores de su catálogo. Muy recomendable.

 

 

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