¡Monstruos! (I)

¡Monstruos! El monstruo de la noche, nosotros mismos, imaginado o real, el de las profundidades del abismo o el infierno, o quizá de la naturaleza más salvaje. Como sea, hay ejemplos en la literatura que no solo son icónicos, sino que pertenecen a novelas consideradas sin ninguna duda de obras maestras, sean de su género o de la Letras universales. Vamos a repasar a los monstruos que nos ha legado el negro sobre blanco y que, a nuestro parecer, son los mejores, mucho antes que incluso el cine los elevara a figuras iconográficas reconocibles.

A continuación la lista, puesta en el riguroso orden… que nos ha dado la gana. Si no habéis leído las novelas que aquí os recomendamos, dejad de leer este post e id a hacerlo. Nos lo agradeceréis.

Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley (1818)

Aunque se inicia de manera epistolar, no continúa en esa línea el resto de la novela. Con una escritura fina y que da muestras de la erudición de la escritora inglesa que está detrás, se nos plantea el clásico de Víctor Frankenstein contra su archienemigo, el monstruo creado por él mismo, ese moderno Prometeo, como reza el subtítulo, que nunca llega a tener nombre en la novela. Copiada, imitada e incluso parodiada, esta obra maestra del romanticismo, del terror gótico, sigue tan actual como siempre. El monstruo perseguidor parece ser el propio Víctor, un humano embrutecido que, no obstante, parece haberse inclinado al mal más que por una naturaleza criminal por unas malas circunstancias. El hombre jugando a ser Dios, tan propio del siglo XIX, siglo de avances espectaculares en la ciencia, tiene aquí su versión novelesca. No vamos a explicaros todos los símbolos, mitos de la creación de la novela, etc., etc., pero sí deciros que las películas son, cuanto menos, inexactas. El monstruo infrahumano, un zombi en toda regla, de la Universal (Frankenstein, James Whale, 1931), no hace justicia a un monstruo que, en la grandísima serie de culto Penny Dreadful (2014-16), ha sido mejor retratado. En cuando a la historia, es cierto que Kenneth Branagh hizo un gran trabajo en su adaptación de 1994, pero aun así vuelve a tirar de laboratorio entre truenos y otras morcillas de guión que nada tienen que ver con el personaje, y que siguen incidiendo en el tópico o en la manía de meter el amor a la fuerza (en la novela no se dice nada de crear monstruos con la luz eléctrica, que es un gran añadido, sin duda, pero que carece aquí de importancia). Una pionera del terror y la ciencia ficción, pues el ver la fecha en la que se escribió sí que da miedo, pero por su osadía.

Moby Dick de Herman Melville (1851)

¿Es Moby Dick la gran novela americana? Es pregunta casi obligada para cualquier lector en EEUU. Esta búsqueda de una gran novela símbolo de las letras estadounidenses, como puede ser El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha en España o la Divina Comedia de Dante en Italia, es algo típico de ciertos críticos y escritores de aquel país. Pero si dijéramos que esta podría ser uno de esos símbolos, desde luego que sí. Su inicio legendario (“Call me Ishmael”), su prosa por momentos casi de documental (al más puro estilo Julio Verne) y sus situaciones y personajes inolvidables, la hacen una obra maestra. Es verdad que sus largas disquisiciones sobre las utilidades de los productos de la ballena o la caza pueden hacerse pesadas, pero si te gusta aprender, el “espíritu” marinero y quieres saber más sobre esta interesante profesión hoy ya (por suerte) abandonada, te encantará. Mucho más compleja que cualquier versión cinematográfica y que demuestran la pericia como escritor (y como antiguo marinero) del autor norteamericano.

Drácula de Bram Stoker (1897)

El escritor irlandés no solo se inspira en las leyendas bálticas sino que lleva la idea de lo epistolar al extremo, al presentar la novela cien por cien en este estilo. Deformada por sus múltiples adaptaciones, esta historia de terror cuenta cómo un joven ayudante de una casa inmobiliaria/abogados, se traslada al castillo del Conde en Rumanía para unos negocios. Allí descubrirá el horror, un horror que a no mucho tardar saltará del continente a las islas. La novela posee pasajes poderosísimos (el encuentro con las tres novias, el conde escalando las paredes, la llegada del barco, su aparición en ensoñaciones, el “lunático”, Van Hellsing, etc.), y a diferencia de las versiones cinematográficas, es una bestia inmunda. La bestialidad se ha apoderado de él, no sabemos muy bien por qué, pero no parece estar bajo el influjo de Dios. Atrás quedan los inventos de Francis Ford Coppola de su película (por otro lado, gran película, aunque bastardea la novela) o los condes del cine clásico sobre un Drácula desquiciado en bata roja. Eso sí, hay que decir que el cine clásico respeta aún más el original, en el aspecto de que se nos presenta a criminales bebedores de sangre, sin remordimientos o complejos, lejos de la visión incomprensiblemente romántica de Coppola o la manía actual de presentar un pasado melodramático para cualquier malo. Un clásico imperecedero, un monstruo con todas las de la ley, inspirador de hijos, algunos, de gran calidad (la gran saga Crónicas Vampíricas, de Anne Rice). Ah, por cierto: sí, el conde tiene bigote.

El exorcista de William Peter Blatty (1971)

Basada en todos los relatos sobre posesiones (igual que hizo Spielberg con Encuentros en la tercera fase, pero para los marcianos), esta novela populariza de forma osada en época tan temprana como 1971 el género de la posesión. ¿Y quién sería aquí el monstruo? Está claro que el macho cabrío, el gran cabrón de Satanás (el macho de la cabra queremos decir, aunque si queréis llamar cabrón a Satanás a secas tampoco pasa nada). La película, adaptada después al cine de forma bastante fiel y respetuosa con el original (principalmente la atmósfera), la catapultó. Se puede afirmar casi sin error que todas la posesiones posteriores que en el mundo han aparecido son derivaciones de esta novela (igual que los visitantes de otro mundo son grises). La novela tuvo una continuación con un detective de protagonista, después en el cine transformada en una medio saga, pero no pudo igualar este éxito, aunque no era una mala novela. Pues eso, el espíritu que posee a una pobre víctima, ese monstruo incorpóreo que mueve objetos y hace hablar en latín, esa leyenda, tiene un nombre: El exorcista de Blatty.

It (Eso) de Stephen King (1986)

En 1986, cuando ya había publicado novelas como Carrie, El misterio de Salem´s Lot, El resplandor, La zona muerta, Cujo, La Torre Oscura I o Cementerio de animales, entre otras más, el superventas Stephen King sorprendía con una novela en la que el protagonista no era uno, sino muchos: niños que saltaban de la edad adulta y viceversa, así como uno de los “monstruos” más inolvidables de las novelas de terror: el payaso, la criatura misteriosa conocida como “eso” (It). Aunque a It (Eso), como le suele ocurrir al genio de Maine con otras novelas de su producción, le sobran páginas un tanto redundantes, es sin lugar a dudas una obra maestra de su género, con una de sus prosas más inspiradas, una novela que en realidad va más allá de un monstruo, más bien de revivir el pasado del que se huye al crecer. Es casi autobiográfica, por así decirlo.

Dividida claramente entre la edad de la niñez y la edad adulta (el “regreso”, por así decirlo), la novela presenta personajes muy bien trabajados en lo psicológico, todo girando en torno a ese payaso criminal y maquiavélico que no se sabe de dónde ha surgido. Con momentos que quedan marcados en el lector, y un gran sentido aventurero muy de los 80s, así como la marcada amistad/lealtad que solo la niñez puede crear, la novela ha tenido adaptaciones afortunadas en cine y televisión, pero sin duda donde más luce es leyéndola. Es una larga lectura, pero merece la pena. Ese verano fin de curso donde todo empieza…

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