Cabalgando hacia la puesta de Sol Parte I

¿Recordáis las entradas que hicimos sobre el boxeo en los videojuegos? Dijimos que serían las primeras de una serie de reportajes que podríamos catalogar de crónicas videojueguiles prehistóricas, o crónicas personales del videojuego, recorridos más o menos íntimos de juegos, géneros o franquicias concretas que por un motivo u otro nos marcaron. Pues bien, con la excusa del genial Red Dead Redemption 2, y no siendo tampoco la primera entrada que hacemos relacionada con él, queremos ahora hablaros de otro género acaso tan famoso como el boxeo: el género del oeste, género que ha dado gloria a nuestros bolsillos (mediante las máquinas recreativas) o a nuestros hogares (mediante sistemas domésticos).

Antes que nada repetir lo que dijimos cuando hablamos sobre los videojuegos del género del boxeo: no vamos a poner la interminable lista que existe de juegos del género del oeste, pues seguramente seremos injustos, nos dejaremos a alguno que otro importante, y no habrá crónica del pasado de los videojuegos, lo que algunos llaman ahora retro y que nosotros llamamos simplemente clásicos, que guste a todo el mundo. Así que “no están todos lo que son, pero son todos los que están”. Nos hemos centrado mucho en consolas, y sólo nos hemos desviado en algún compatible o arcade por alguna razón concreta.

Un género 100% americano

 “Siempre sentí que había dos creaciones artísticas genuinamente americanas: el jazz y las películas del Oeste”. (Clint Eastwood, actor, compositor y director cinematográfico).

Efectivamente. Nosotros añadiríamos más: y las películas sobre la mafia, que no por basadas en el mundo italiano son de Italia en lo que es su concepto y planteamiento, e incluso el género del musical. Pero como dice el casi siempre acertado Eastwood, esos dos géneros de su frase son los que se asocian, más inmediatamente, a los EEUU. El hombre en su caballo, su sombrero colocado, su cartuchera, sus espuelas, el barro sobre las ropas, el sudor, el pueblo fronterizo, el sheriff, el duelo… Es cierto que, antes de la influencia del Spaguetti Western en el cine americano del Oeste (que, a su vez, bebía del cine japonés  y de samuráis), las películas del género se centraban más bien en la diligencia, buenos-malos, la caza del fugitivo, indios contra soldados, el Séptimo de Caballería, etc. Incluso el humor, sea más temprano (Los hermanos Marx en el Oeste, Allá en el Lejano Oeste de El gordo y el Flaco) e incluso más posterior (Por mis pistolas, de Cantinflas). Luego, pasó por una época de violencia, crimen, historias secundarias imposibles, nombres propios de las leyendas (Billy el niño, Robert Ford) para ir poco a poco hacia una visión del “buen salvaje de Rousseau”, la contemplación, autoculpa/autoflagelación e, incluso, ecologismo, con historias incluso ridículas desde el punto de vista histórico últimamente (papeles inusuales para negros o mujeres teniendo en cuenta que hablamos del siglo XIX, elementos fantásticos o de ciencia ficción, como las diferentes versiones de WestWorld, Wild Wild West, etc.).

El género, que comenzó como uno de los géneros de inicio del cine (ningún país pareció muy original en los comienzos a la hora de escoger su tema propio: en Italia el pilum, en Japón los samuráis, en EEUU el Oeste, etc.), pasó del desprestigio como entretenimiento de masas o de los cines de a níquel y/o sesión continua, al prestigio (Ford y Wayne mediantes), donde toda estrella de los estudios debía participar (como ahora con el cine de súper héroes) para luego caer en cierto desprestigio (Leone, culmen del género y acabador casi del mismo a la par, y cuya semilla de la renovación se halla tres años antes de Por un puñado de dólares en la magnífica pieza de Marlon Brando El rostro impenetrable, de 1961), para tras casi desaparecer volver a resurgir con calidad pero con cuentagotas a fines de los 80 (las grandísimas El fuera de la ley o El jinete pálido), el boom cuasi místico de Bailando con lobos y el de Sin perdón de Eastwood que, junto con las dos anteriormente nombradas también dirigidas por él y su Traidor en el infierno, suponen una tetralogía que lo hacen ser el único equiparable al gran John Ford en el género. Nos hemos dejado muchos buenos títulos que se hicieron y se siguen haciendo (especialmente inquietante y recomendable es Bone Tomahawk, o las mini series o series tipo Hatfields & McCoys,  del tándem de los Kevin, Costner y Reynolds, y otras series como Deadwood), pero más o menos os hacéis una idea que las decenas de estrenos de antaño ya no hay. Y es aquí donde, de manera imposible e inesperada, el videojuego toma el testigo desde casi el inicio.

Prehistóricos pistoleros

Como ya demostramos en el artículo dedicado al boxeo, este género también está desde los mismos inicios. En los juguetes tradicionales y de tablero ha sido siempre un imprescindible eso de los fuertes, los indios-americanos y, por tanto, no iba a ser diferente en lo multimedia. De hecho, en el lejanísimo 1971, una aventura de texto, The Oregon Trail, hacía su irrupción en el mercado norteamericano. Era una aventura de texto, ojo con esto, porque sorprendentemente no siempre el género del Oeste va a estar enfocado a la acción, como vernos, aunque pudiera parecerlo. Y es que este juego fue luego producido masivamente por el Consorcio de Educación Computacional de Minnesota o CECM en 1974. Se trataba de un software para enseñar a los niños en los colegios e institutos, primero en ordenador HP2100 y luego al resto, y explicar la vida y la historia de aquella época de pioneros americanos. Desde entonces, no ha parado de aparecer en diferentes versiones y siempre bajo el prisma de la educación: para Apple, Windows, consolas Nintendo, móviles… En el resto del mundo es cuasi desconocido, pero en EEUU es un clásico, un juego que puede ser como, por ejemplo, el Monopoly en tablero, y sus más de 65 millones de copias en los últimos 40 años así lo atestiguan.

Pero si esto es sorprendente, y vemos cómo el verdadero reto, aunque parezca mentira, para la saga Red Dead, es superar en ventas a esta otra, en los 70s no hemos acabado de adentrarnos en el Lejano Oeste. Así, Gun Fight (Taito, 1975), Outlaw (Atari, 1976), Gunslinger (Atari, 1978) y Sheriff (Nintendo, 1979), son de nuevo el intento respectivo de hacerse con el número uno.  El primero fue un gran arcade del 75, llamado en Japón Western Gun, obra de Taito y llevado por Midway a América con gran éxito. Diseñado por Tomohiro Nishikado (creador ni más ni menos que de Space Invaders), la versión USA fue la primera en emplear un microprocesador, y sus numerosas versiones a Atari o Commodore demuestran su éxito. Tal es así que el segundo, Outlaw, que hemos nombrado, es una de esas, digamos, “competencias”, que en el 78 llegaría a la 2600 de Atari de mano de David Crane. Con el uso de la pistola, la cabina de juegos era muy molona, y un juego divertido, los gráficos eran muy simplones, pero superiores al bicromo de Taito. Es la época del “tele-games”, más que “videojuegos”.  Sheriff era muy curioso, porque parecía una especie de tiroteo múltiple muy gracioso, y uno de los inicios arcade de Nintendo con una cabina impecable, como esa que puso Midway en Boot Hill, secuela de Gun Fight del 77, en blanco y negro pero que, con un fondo de plástico a color, se simulaba un escenario coloreado.

Los 80 o cómo nos acercamos a los grandes clásicos del género

Nombres como Nintendo, Konami o CAPCOM empiezan a unirse a los no menos clásicos que ya hemos aquí listado. Las recreativas siguen siendo las que, a pesar de los esfuerzos de la Atari, se imponen, pero las consolas domésticas comienzan a dominar. Wild Gunman (Nintendo, 1984 y su versión NES), nos ponía en las manos de una pistola Nintendo Zapper (era un port de un título del 74 para pistolas recreativas de luz creado por Gunpei Yokoi, creador a su vez de la Game Boy, Virtual Boy y del pad en forma de cruceta). Se trataba de disparar como en un duelo cuando nos daban la orden con un sintetizador de voz (primer juego de la NES en poseerlo). Los más frikis del lugar recordaréis que el juego aparece en Regreso al Futuro 2, en plan futurista y en otras versiones posteriores. Del mismo año es el Badlands de Konami que, al estilo de Dragon´s Lair (escenas animadas en las que había que tomar decisiones peliagudas, en este caso con uno único botón de disparo… ¡chúpate esa, David Cage!), debíamos vengar a nuestra familia asesinada. Sus escenas animadas estilo anime y su acabado general dejaban entonces con la boca abierta.

Ahora, que si de quedarnos con los ojos como platos se trata… ¿qué demonios se supone que es ese Custer´s Revenge (Mistique), aparecido dos años antes en Atari 2600? Bueno, y luego otras versiones. Se trataba de un juego porno protagonizado por un tal Custer cuya misión era acostarse con una india desnuda atada. Ya el argumento tiene tela marinera, pero es que si pudiéramos salvarlo por ser, digamos, artísticamente destacable… Para nada, tampoco. No obstante, tuvo bastantes ventas y es hoy en día considerada una curiosidad friki.

Pero sigamos con lo serio. Gun Smoke, de CAPCOM (1985), no solo hizo su aparición en NES, Amstrad o MSX, sino en un chorro impresionante de consolas (incluyendo… ¡la Saturn!). Un juego difícil de jugar que ríase usted de la saga Souls y que ponía a CAPCOM, gracias a sus coloridos gráficos y portadas molonas (más en la recreativa que en la NES, aunque con ese encanto de la doméstica de Nintendo impresionante, eso sí), como un número uno del momento. Este tipo de visión isonométrica no era solo algo único, Gunfright (Ultimate Play the Game, 1986) también poseía esa vista, y en Spectrum tuvo bastante buena acogida en cuanto a gráficos y diversión. Todavía hoy hay quien recuerda su música o las vivencias emocionantes que proponía el juego y que lo acercan al género hoy en día (perseguir a forajidos, poder eliminar a inocentes, seguir pistas de ciudadanos, montar a caballo y concepto de mundo abierto).

En esta línea de acción y aventuras relacionadas con el antiguo Oeste, tenemos otra ristra de títulos de finales de los 80 muy adictivos y muy publicitados en su momento, con esos folletos maravillosos ilustrados a mano. Iron Horse (Konami, 1986), Express Raider (Data East, 1986), en donde el malo atracador de trenes éramos nosotros, o Lost Dutchman Mine (Magnetic Images, 1989) como buenos ejemplos. Todos con una calidad gráfica ya cada vez más destacada, en la que nos gustaría destacar este último, al tratarse de una aventura gráfica en primera persona, en donde el tiempo pasaba en modo real y había que prepararse para una verdadera expedición para encontrar la mina legendaria de oro. Una maravilla.

Dejemos ahora espacio para un juego por partida doble. Por un lado tenemos Bank Panic de SEGA, un juego arcade de 1984 que luego tuvo versiones para MSX en 1985 y Master System II. Era el típico juego arcade ágil y que cumple, típico de la gran SEGA. Entonces, ¿por qué hemos dicho “por partida doble”? Pues porque en 1986 la compañía española Dinamic Multimedia lanzaba West Bank en la Spectrum. Y es que este juego seguía claramente la premisa del de SEGA, pero las cosas como son: con gran calidad gráfica y muy bien conseguido.

De este período, sin duda, la excentricidad la pone Buffalo Bill´s Wild West Show, de Tynesoft en 1989, donde utilizando diferentes mini juegos debemos reconstruir precisamente las diferentes pruebas que el espectáculo de Búfalo Bill propone (y que recuerda al film Buffalo Bill y los indios, aunque era un espectáculo típico de este hombre). Pareciese mismamente que es un California Games del mundo del Oeste.

El salto gráfico, y de osadía, tras la gran crisis del videojuego de 1983, es espectacular.

FIN PARTE I

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